Volver a pintar un mural después de tanto tiempo fue, para mí, un punto de quiebre y reconexión con mi práctica como artista visual. Aunque mi trabajo se ha desarrollado principalmente en el tatuaje estilo grabado, donde el formato es íntimo y cada línea vive sobre la piel, este proyecto de mural para Hotel Selina (Lima, Perú) me llevó a expandir mi lenguaje hacia una escala completamente distinta. Fue un ejercicio de adaptación, pero también de reafirmación: mi forma de crear no depende del soporte, sino del trazo.
Como tatuadora y artista especializada en estilo lineal tipo engraving, mi enfoque siempre ha estado en la construcción de volumen a través de líneas. Trabajo desde una lógica heredada del grabado: repetición, densidad, ritmo y contraste. Llevar este lenguaje a un mural fue un reto técnico y conceptual. Aquí, cada línea tenía que sostenerse a la distancia, amplificarse sin perder precisión. Era, en esencia, trasladar el detalle del tatuaje a un formato arquitectónico.

La pieza tiene como eje central una figura inspirada en la icónica pintura de la chica de la perla, reinterpretada desde mi universo visual. Me interesaba tomar un referente clásico del arte y transformarlo en un personaje contemporáneo, cargado de simbolismo. Su mirada genera una conexión directa con el espectador, funcionando como un punto de entrada a toda la narrativa del mural.
El concepto general se construye desde un misticismo andino, una línea temática que atraviesa gran parte de mi trabajo como ilustradora y tatuadora. A la izquierda, una mano sostiene un corazón encendido, representando la fuerza vital, lo emocional, lo interno. A la derecha, otra mano sostiene hojas de coca, un símbolo profundamente ligado a la espiritualidad andina, a la conexión con la tierra y a los rituales ancestrales. Entre ambos elementos, la figura central actúa como un puente simbólico entre lo humano, lo espiritual y lo cósmico.
El fondo, compuesto por estrellas y signos gráficos, refuerza esta idea de un espacio expandido, casi astral. No es un escenario literal, sino un universo visual donde conviven referencias del arte clásico, elementos de la cosmovisión andina y una estética contemporánea basada en la línea.
Este mural no solo representa un proyecto puntual, sino una declaración de intención dentro de mi camino como artista: explorar distintos formatos, llevar mi lenguaje del tatuaje a otros soportes como el mural, la ilustración o el grabado, y seguir construyendo una propuesta visual coherente pero en constante evolución.
Si algo reafirmó esta experiencia, es que mi trabajo, ya sea en piel, papel o muro, siempre parte del mismo lugar: la línea como herramienta principal para construir imagen, narrativa y emoción. Porque más allá del formato, mi búsqueda como artista visual es siempre la misma: crear piezas con identidad, con carga simbólica y con una conexión real con quien las observa.